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Querido hijito
-No lo puedo entender. ¿Por qué? Si era un angelito, no hacía mal a nadie.
¡Me duele mucho! ¿Por qué? Si los otros chicos se curaron, ¿por qué él no? ¡No lo puedo resistir!
- No hay porqués.
- Traje fotos ¿las quiere ver?
Aquí está cuando era más chiquito, tenía seis años. Aquí es cuando estábamos de vacaciones. Es éste, el delgadito.
- ¿Esta es la hermanita?
- Si
- Es flaquita, también.
- Aquí está otra vez, es flaquito, pero era muy sano. Porque era delgadito le hice muchos estudios, pero todo le dieron bien.
- ¿A quién se parece?
- Al papá. Él era delgadito.
- ¿Esta señora quién es?
- Es mi cuñada
- Por lo que me contaste, el pibe tuvo una linda infancia…
- Hubo gente que me criticó porque lo consentía mucho; pero no me arrepiento, ahora. Él era especial.
- Lo veías frágil, ¿no?
- Si, era muy sensible y me daba para protegerlo más.
- ¿Y esta foto de cuando es?
- Es del verano del año pasado.
- Este es un acto en la escuela. Éste es él. Yo ayudé con las otras mamás a hacer este globo terráqueo para la escuela. Acá está otra vez, es el más menudito de todos. Aquí está en su último cumpleaños, nueve años.
- Contame cómo era tu hijo
- Últimamente estaba enojado porque fue traicionado por su mejor amigo.
- ¿Qué le hizo?
- Fue por unas figuritas. No sé, cosas de chicos. El había arreglado con otro chico cambiar una figurita que él no tenía. Ya lo había apalabrado al chico, que era de otro grado, le iba a dar 20 figuritas que él tenía repetidas. Pero el amigo de mi hijo le habló a este chico y le dijo que la figurita se la diera a él, que se la cambiaría por treinta figuritas. El chico se la dio y él no le dio las 30 figuritas. Un traidor ¡Mi hijo se sintió tan mal! Él no era de contar las cosas. Salía del colegio con cara de enojado, pero no decía qué le pasaba. Pero yo insistía y él descargaba su bronca. Yo trataba de calmarlo, que no importaba, que era sólo una figurita, que ya la íbamos a conseguir, que había chicos que eran así, y otras cosas…
- Y él ¿qué no entendía?
- Él no estaba así por la figurita, la acción de su amigo le dolía. Mucho.
- Un día lo fui a buscar a los Scauts, le dije que fuese a buscar su mochila. Y él fue al cuartito de ellos donde guardan las cosas. Y cuando volvió, volvió llorando mucho, acongojado. Le pregunté qué le pasó, qué le hicieron. Pero sólo decía: ¡vamos, vamos! Yo le decía que me contara qué pasó, que no me iba si no me lo decía. No, No, vamos nos, vamos. Y nos fuimos. Luego me enteré por otro chico que él y su amiguito estaban cargando a otro chico con una “alita” (alita les llaman a las niñas Scauts). Y este nene, cuando mi hijo fue solo a buscar la mochila, lo encaró, y le pegó. Como lo vio frágil se la agarró con él. Y él, en lugar de defenderse, como haría otro chico, se puso a llorar.
Le cuento esto para que vea como era mi hijo. No tenía actitudes agresivas. Creo que él no estaba preparado, o yo no lo preparé, para lo que venía en la vida, para afrontar la vida.
- Creo que vos, como mamá, intuías que debías cuidarlo así, como lo hiciste.
- Hasta el último día estaba preocupado por la escuela. Los compañeros le mandaban cartitas al hospital. Le contaban que lo extrañaban, que se recupero pronto… Y le decían: “No sabés de lo que te estás salvando…Nos están tomando pruebas todos los días…”. Entonces él se quedaba preocupado y me decía: “Mamá, ahora cómo hago, cuando vuelva me van a tomar todas las pruebas juntas…”. No, le decía, si las maestras saben, ellas te van a ayudar, no tengas miedo.
-Eso estuvo bien, porque al chico le daba esperanzas de que la enfermedad iba a pasar.
-Claro, también para los compañeritos fue un golpe duro. Fue muy duro.
- Y muy rápido ¿Cuando empezó?
- Empezó como una angina el 10 de mayo, lo internamos el 11 y falleció el 7 de junio. No resistió la quimioterapia. La segunda. Lo que le causó la muerte fue una septicemia. Pobrecito, si no tenía defensas. La quimioterapia lo dejó sin defensas. Con la primera serie no llegó a barrer todas las células malas. Los médicos se vieron en la obligación de volver a darle quimioterapia. Si no se la daban iban a reproducirse de nuevo esas células. No sé. No sé. Quiero creer que los médicos hicieron todo lo que pudieron.
- Ese Hospital es muy importante, creo que hicieron todo lo posible.
- Yo, hasta el último minuto, tenía esperanzas…
- Y ¿cuándo se declaró la septicemia?
- Fue el sábado 3. Empezó a sentirse mal. Estaba bien, le daban morfina. Empezó a respirar mal, tenía afectados los pulmones, me dijeron. Sabía que alguna infección se iba agarrar porque es común en esos casos. Pero pensé que si estaba localizada en los pulmones se la podía atacar, que iba a salir. Le pusieron oxígeno, pero cada vez se ponía peor. Y a la noche lo llevaron a terapia, con respirador.
- Estaba en coma farmacológico?
- Si. Cuando lo llevaron a Terapia, yo quise entrar, pero los médicos no me dejaron. Entonces él, pobrecito, con sus últimas fuerzas, me llamó, pidió que fuera yo. Los médicos me llamaron y me dijeron que le agarrara la mano hasta que se duerma. Y le dije “mamá está acá, al lado tuyo, y no se va a ir”. Y él empezó a llorar, me miraba y lloraba. Empezó a sentir que se mareaba. Y el médico le dijo que se le iba a pasar. Pero parece que él se daba cuenta y no se quería dormir. Y se durmió. El médico me dijo: “Ya está, le puede soltar la mano, ya se durmió”. Pero yo iba a la Terapia, me sentaba al lado de él y le hablaba al oído. No sé si me escuchaba, pero yo le hablaba. Yo veía que los médicos, los enfermeros, estaban ahí, contando chistes, hablando, escuchando música. Yo entiendo que es el trabajo, que tienen que estar así porque sino no podrían soportarlo. Pero a mí me dolía tanto porque era mi hijo el que estaba ahí. En medio de todas esas máquinas, estaba todo hinchado, no era él, estaba desfigurado, tenía las manitos todas negras, morados los pies. No entiendo como tan rápido lo pudo poner así.
- Debes saber que cuando está en ese estado, en coma farmacológico, no siente nada.
- ¿No sufrió nada, entonces?
- No, para nada, el coma te desconecta. El nene se fue el sábado en realidad. Trataron de hacer lo posible hasta el miércoles.
- Sí, le pusieron todo tipo de antibiótico, le pasaron transfusión. No se puedo hacer nada.
No sé si está bien o está mal, pero yo a su piecita la dejé como estaba. No quiero sacar nada, tirar nada, que esté todo igual. A la noche le dejo el velador prendido, porque él dormía con la luz prendida. Yo entro a la pieza y siento como que él está. Lo siento. Siento que me abraza.
- Eso te hace bien?
- Si. Era un ritual que todas las mañanas que yo esté abajo desayunando y él venía desde la pieza de arriba, despacito, ocultándose en la escalera, como queriéndome asustar. Siempre el mismo juego. Y yo lo retaba porque no se ponía las pantuflas y descalzo se podía enfermar. Bajaba corriendo la escalera y se me subía a upa. Un grandulón de 9 años que se subía a upa y me abrazaba. Y así me ‘compraba’ y ya no podía retarlo más. Se me acurrucaba todo, como si tuviese frío. Yo le preparaba el baño, le calentaba la ropa en la estufa. Salía de la ducha y se ponía la ropa calentita.
Casi no salía a la calle. Yo veo chicos en la calle, que las madres no los cuidan… Y yo que lo cuidaba tanto…
Yo le decía siempre, por suerte se lo pude decir cuando estaba conciente, que lo quería mucho, que lo amaba, y le dije que le agradecía toda la felicidad que me dio, todas las satisfacciones que me dio, se lo agradecí tanto… Fueron pocos años, pero me hizo muy feliz. Todos lo querían, en la escuela, los amigos. Era un chico educado, nunca una queja de la maestra, al contrario, eran todas palabras lindas para con él. Si había un ser en el mundo que no se merecía esto era él.
Sé que ahora tengo todavía otra hija, pero no se si seré una buena madre para ella, porque no soy la misma que antes. Tengo miedo que le pase algo a ella. Tal vez la presione mucho, no sé.
La hermanita escribió algo muy lindo del su Blog, le decía que la hizo la hermana más feliz del mundo, que estuvo siempre con ella cuando necesitaba, que la acompañaba, que la escuchaba, que se sentía protegida con él. Me dijo que ella sintió culpa porque varias veces yo lo reté a él y ella había sido la culpable.
Él fue siempre sensible. Ahora hay cosas que me cierran. Hace como tres años que me viene pidiendo un hermanito. Que quería un hermanito más chiquito, que todos los compañeros tenían uno y él no. Yo le explicaba que, para tener otro hermanito, había que compartir las cosas, que no estaba dada la situación económica. Entonces le traje otro perrito.
El adoraba a sus perros. Decía que quería ser veterinario. Jugaba y se divertía con ellos. Los disfrutaba. A veces me hacía enojar, porque se revolcaba y se reía, se reía tanto con ellos… Y los perros se ponen como locos; cuanto más le jugás, más locos se ponen, y el se reía. Hasta que yo me cansaba y sacaba los perros afuera y a él lo mandaba a lavar las manos y que fuera a estudiar o algo.
Por ahora estamos bien. Muy unidos. Me siento acompañada, mucha gente estuvo conmigo. Eso me hizo sentir mucho orgullo, por como lo querían a él. Los compañeritos y las madres estuvieron conmigo en el Hospital, estuvieron de corazón, lo sintieron de verdad.
Mi padre está mal, porque piensa que él tendría que haberse ido, no el nene.
Yo soy una persona de fe, y me consuela pensar que él está mejor, seguramente está en el lugar que se merece, un lugar mejor que éste…, sino no podría seguir viviendo.
Fue una experiencia muy dura estar todos estos días en el Garraham ¡Hay que estar ahí! ¡las cosas que vi!, ¡De qué mierda me quejaba antes!
- Estas son experiencias muy fuertes…
- Esto te hace cambiar la visión de todo. Una noche estaba en el Hospital, cuidándolo a él y me agarró como un ataque de ansiedad. Que no sabes qué hacer. Tenía miedo por él. Yo lo miraba y él estaba tranquilito mirando televisión. Y no quería dejarlo ni un minuto. Me aguantaba las ganas de ir al baño. A veces aguantaba todo un día y cuando se dormía me iba al baño corriendo. Me agarró un estado de angustia, de ansiedad, era horrible. Después pasaba.
Anoche me pasó otra vez, estaba durmiendo y me desperté y sentí como un ahogo, de no saber que hacer, de desesperación… Me levanté, fui a tomar agua y se me pasó.
- Y el papá ¿cómo está?
- Lo veo bien, pero no sé…, lo veo como muy bien…, como que lo está negando. Empezó a trabajar, como que quiere tener la mente ocupada. No se toma tiempo para llorar, gritar, patalear… El dice que está tranquilo porque hizo todo lo que estaba a su alcance y que estuvimos todos juntos, un mes casi en ese hospital. Eso lo dejó tranquilo, que hizo todo lo que pudo hacer. Tengo miedo que después caiga mal.
Yo tengo imagenes de mi hijo en la computadora, cositas que el se filmó con la camarita, y siempre las estoy mirando. Me hago mierda, pero me sirve. Me descargo.
- ¿Cómo se sale de esto?
- No, no se sale; es tiempo que te ayude a convivir con la ausencia.
- Sé que este dolor no se me va a ir nunca
- El dolor perderá intensidad, pero va a estar. Si superas así el proceso, aprenderás a vivir mejor tu vida: por él, por la vida que él no vivió.
- Fue como un regalo del cielo cuando vino a este mundo, porque no fue planeado. Fue una sorpresa. Y fue en el momento en que mi mamá estaba muy grave. Mi madre murió cuando él tenía tres meses. Y él me alivió tanto la pena…, me ayudó a soportar el dolor, me aferré mucho a él, como que Dios me lo mandó para aliviarme la pena. Nunca hubiera planeado buscar un hijo en momentos así, con mi madre tan enferma, con las internaciones, con el cuidado… Tal vez esa era su función en esta vida y ya la cumplió; por eso era una personita tan especial. Tal vez no iba a poder soportar las cosas que se le iban a ir presentando, cada vez más duras, de esta vida.
A el le gustaban los juegos de mesa, el ajedrez, o con la computadora. A veces se ponía muy nervioso si no le ganaba a la computadora y lo sacaba. A veces lloraba y yo lo retaba, que dejara, que le hacía mal, pero el insistía, y cuando ganaba ¡que satisfacción que sentía!
Era muy prolijo en su carpeta, si algo le quedaba mal, agarraba la hoja con toda la bronca, la arrugaba toda, la tiraba y lo hacía de nuevo ¡Tenía una letra tan linda! Y eso que era zurdo…
- Todavía tengo la imagen del médico diciéndome el diagnóstico de leucemia
- Leucemia, qué palabra…
- Leucemia no es una palabra, es mi hijo muriéndose.
Madre, te lloré estos versos:
Oye, mi niño, sujétate fuerte.
Mi mano en tu mano vencerá la muerte.
Que afuera está el Sol y su alegría
y aquí la noche gris y fría.
Duérmete mi niño, mamá está contigo
velando tus horas y tu martirio.
Que me duele el alma verte así, hijo.
echado en la cama, pálido, vencido
Que la zonda cuelga, que el suero gotea,
y cae como mis lágrimas que no se muestran
Y dibujo una sonrisa para que no lo sepas,
para que no caigas ni desfallezcas.
Y escribes, mi niño, en el cuaderno agónico
tus cosas de ahora, para leer mañana
y yo rezo, mi niño, en todas mis horas
para que puedas leerlo, pero mi alma llora.
Es que este hombre, muy serio me ha dicho
que tu tiempo, hijo, ya se había ido,
que solo un milagro puede revertirlo,
que su ciencia, esta vez, había perdido.
Tómate de mi mano, mi dulce niño,
aprieta con todo tu corto camino
Quiero que mi vida pase a tu destino
goteando minutos a tu gastado sino.
El milagro ha sido que hayas vivido
todo esta vida que hemos compartido
Fue tan bueno, hijo, haberte tenido…
Fue tan bueno...
El reloj amargo se ha detenido
tus ojos hermosos se han oscurecido
En una luz nueva te has convertido
y sé, por eso, que no te has ido.
No enfríes tus manos, adorado hijo,
que aquí tu madre lucha tu frío
Déjame cobijarte, mi dulce niño,
no estarás solo, estarás conmigo.
Hugo Marietan
Buenos Aires, 13 de junio de 2006
31 de julio de 06
Querido hijito:
A poco menos de dos meses de tu partida quiero expresar lo que siento.
Lentamente mi corazón va acomodando sus piezas y se va rearmando, por eso, ahora con el corazón casi entero, puedo decirte tolo lo que me fue pasando desde que enfermaste.
Durante casi un mes que estuviste internado, me preguntabas todo el tiempo: “Cuándo vamos a casa?”. Y yo te respondía “ya falta poco”, “tal vez el viernes o la semana que viene a más tardar”. Perdoname, pero yo no sabía que te estaba mintiendo, lo que pasa, es que los adultos, a veces negamos lo que nos está sucediendo, porque no queremos ver la realidad que nos duele. Recién cuando ingresaste a terapia intensiva, comencé a aceptar la realidad.
“El cuadro es muy grave” o “Está en estado crítico” me decían los médicos, pero aún así, yo tenía fe, confiaba mucho en Dios, en el poder de la oración, pero más confiaba en tu fortaleza, porque siempre fuiste muy fuerte a pesar de tu aspecto frágil.
Pasé por todos los sentimientos autodestructivos que los adultos solemos tener en estos casos: negación, bronca, odio, resentimiento, culpa, angustia, dolor.
Pero, afortunadamente poco a poco fueron disipándose dando lugar a los buenos sentimientos, esos que conocés muy bien.
En mis largas horas de insomnio, sólo venía a mi mente el canto de tu risa, la ternura de tu mirada, la dulzura de tus besos… y esa frase que te salía con tanta naturalidad: “ te quiero mucho” y luego venía el abrazo.
Hijito mío, quiero agradecerte toda la felicidad y las satisfacciones que me diste durante nueve años, siete meses y quince días que compartimos en este mundo.
Quiero que sepas que estoy muy orgullosa de que me hayas elegido para que fuera tu madre.
Me dejaste muchas enseñanzas, entre ellas, a ser feliz con las cosas simples, como jugar con el perro, por ejemplo. Recuerdo los veranos en la playa, donde disfrutabas recolectando caracoles, piedritas o simplemente observando la luna y las estrellas.
Creo que lo primero que se enfermó fu tu alma, cuando empezaste a conocer el mundo y descubriste que existía la traición, el engaño, la mentira, la envidia… y . como tu alma es tan sensible, no lo soportó y terminó enfermando tu cuerpito.
Lucio, mi amor, sos un ángel, pero no a partir de tu muerte; ¡sos un ángel desde el día que naciste!
Te amaré eternamente,
Mamá
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